"... y así, después de caminar un rato, sabiendo que Odiseo era solo una posibilidad, Penélope recogió sus partes, se reconstruyó y decidió caminar.
Por intuición se sobrepuso a sus amantes, tal vez, presientíendolos como más equívocas posibilidades, y por el ojo de una aguja pasó tímida y segura...a cantar su propia letra, a escribir lo suyo y pintar sus colores..."

jueves, 26 de junio de 2008

Relato de una imagen OniRÍcA...



Pre-Aviso
El tiempo corre tan rápido como una se lo propone, es excusa, es defensa, es escenario o ultima fila,
El lugar varía pero las historias son las mismas, dan cuenta que el escenario no define un buen libreto.
Esa feria parecía más un mercado persa de mediados del siglo XX que la misma calle que transita cada mañana, quinto piso, escritorio de la izquierda.
Ese domingo rutinario, denso, soleado, alegre para el resto, paseó el perro dió tantas vueltas como pudo para encontrar algo nuevo de ese pedazo de mundo, tan suyo, tan de cualquiera. Algo raro venía pasándole esos días como un triste final de una novela de la que solo leyó un par de capítulos.
Siempre desde chico había fantaseado con la ilusión de saber todo de todos, de todas las maneras posibles, así había desarrollado cierta facilidad para descubrir las mentiras y pérdidas. Desde chico, cuando descubrió que no existían los reyes. De adolescente cuando supo que ya no valía la pena luchar por Natalia, esa suerte de femme fatal con uniforme de escuela, que aun hoy duda si alguna vez supo cuántas hormonas le revolucionaba. Y de adulto cuando dejó a su mujer porque simplemente supo que ya no la amaba.
Aun así, esta vez no sabía bien que pasaba, si la vida, si las cosas, si el país, si lo que sea…
Y como en las casualidades el diablo siempre mete la cola, estaba ella, envuelta en tantos trapos como olor a sahumerios tenía encima, y sus cartas y su magia, y su ropa y sus olores…y sus cartas….
Era una mesa de tarot en un puesto callejero de la feria más concurrida de toda la ciudad. Ella tan misteriosa como el mazo que llevaba y traía con la mano izquierda, mientras la derecha lo invitaba a sentarse.
Mover con la mano, extenderlas en la mesa y él siguió las instrucciones con la obediencia de un buen perro de raza.
Ella le ordenó que preguntara, y su ansiedad aumentaba.
Ella le ordenó que preguntara, él se alegró que su amante no estuviera con otro. Que su hijo no anduviera en algo “raro” y que le quedara poco tiempo de vida. No llego a entender, hasta que fueron cayendo una a una las palabras del oráculo, como pesadas gotas de la primer lluvia de invierno, poco-tiempo-de-vida, pocos días, pocas horas, en definitiva, poco tiempo. A él que había fantaseado con la ilusión de saber todo de todos, de todas las maneras posibles, que había desarrollado cierta facilidad para descubrir las mentiras y pérdidas.
¿Opciones?, pocas.
Hundirse en el peor de los silencios, depresión, alcohol, noche.
O vivir la vida de un trago, sin perder ni un segundo, tomar todo el aire en sus pulmones e ir exhalando de a poco para estirar cada segundo de vida. Hasta que llegue ese último.
Dejar que la vida se vaya o quitársela, después de todo nunca había permitido que nadie le ganara de mano en las decisiones, el decidió dejar. Dejar de amar, dejar de salir, dejar de vivir. La fecha era el 8, el 8 del 8, ese día él decidiría irse antes de ser echado de su propio cuerpo. Y pensó, pensó cada detalle, cada paso, cada suspiro, cada centímetro de aire que usaría ese día, después de todo no siempre se reciben ultimátum para quitarse el peso de una vida sobre los hombros que ya más de 40 años había resistido.
El arma lucía bella, más que las mujeres que habían pasado por su almohada, más que los cigarros que lo acompañaban en la biblioteca, más que su preferido whisky etiqueta azul. Brillante como los ojos de su cantante favorita de jazz, ese estilo viejo, negro, under y desafiante que tanto le sugería, en las noches que ya no le quedaba nada en que pensar, ni nadie con quien dormir.
En planes pasaron los días, sus últimos días.
8 de agosto, mañana.
8 de agosto, tarde.
8 de agosto, noche.
10 de la noche, 11 de la noche , el límite de las 11:59 estaba cerca, había tenido el privilegio de elegir los minutos en que le ganaría al destino mismo su propio final. Muerto por su propio pulso y no por los caprichos que la vida elegía, él estaba avisado, las cartas eran la señal que afirmaba sus intuiciones. Y qué mejor confirmación que la de los arcanos. Era así. Inevitable pero el ganaría. Pensó cada detalle todo ese día. Lo volvería a hacer, ya está cerca.
Su habitación, la que había visto tantas caras, tantos abrazos, tantos abrazos urgentes y hasta alguno con afecto que no se animó a devolver, que su cobardía no le dejó devolver. La pintura roída en las esquinas, los placards altos de buena madera, como él.
Miró y pensó su cara en el espejo, le pasaba, lo mismo que a veces, no lograba reconocerse, no lograba verse, pasando más allá de los ojos verdes de su padre que los tenía ahí mismo a cada costado de su nariz, sus labios grandes como los de su madre, pero estos ya se habían olvidado de confesar palabras de cuna, solo escupían números de oficina.
Tal vez sus hijos lo llorarían, pero solo un poco, queda mal ser insensibles y después de todo nadie les había enseñado a mostrar lo que sentían, probablemente porque esos otros tampoco lo sabían y la ignorancia exime de culpas. Él lo sabía bien.
Y su perro encerrado en la cocina, no quería que su fiel pareja de desayuno viera su llorón final. Las 12 era el tiempo límite, no había duda confirmado por la alianza intuición y arcanos su final era 8, no llegaría al día 9. El día 9 haría caer sus expectativas de muerte con pre-aviso.
Miró nuevamente su habitación, su piel, su arma, su mano… su reloj.
Su reloj, exactamente las 12: 01…era el día 9 y estaba vivo, vivo pero diferente era la primera vez que se había visto.
Se había mirado.
Se había reconocido como el fiel cobarde que se asustó de pensar que la vida podía ganarle, a él. A él que nadie le había ganado. Sólo esto no tenía previsto. Que la muerte no avisa. Sólo juega, juega a escondidas con la vida para que los cobardes aprendan a verse.

Relato de un espacio...

En un libro leí hace años que los lugares que habitamos son casas y no se transforman en hogares hasta que el paso del tiempo las haga escenario de suficientes nacimientos y muertes, de lágrimas, risas e historias de las personas que por ella pasen.
Yo debía tener unos 4 o 5 años en la foto de esa época que guardo.
Una casa grande, muy grande, característica que pude corroborar mucho tiempo después en otras condiciones cuando mi nariz superó por fin la altura de la mesa del comedor. Luego supe que también era moderna para la época que se construyó.
Si ajusto mi zoom de la memoria empiezo a ver los colores de la escena. Y es una cocina, la cocina de una casa grande. Una mesada fuerte, blanca amarillenta y para mí altísima. Paredes blancas, que contrastaban con el casi negro manchado del granito del piso.
La luz como en todas las casas de abuelas dignas de cuentos, entraba en grandes cantidades por la ventana que ocupaba casi toda una pared, debajo la cocina a leña y la cocina a gas, ambas en uso. Como un matrimonio entre añejo y modernidad.
Mi abuela y yo como la única imagen que conservo de esa casa, de esa cocina, casi la única de mi abuela.
El pueblo, con esa forma de llamar a los lugares chicos que heredamos de las tribus de cemento que habitamos, me gustaba, pero la ausencia de mis abuelos, de mi papá y el tiempo hicieron que esa imagen se congele.
Se congele por casi 20 años, cuando decidí en esas decisiones de verano, volver “ al pueblo”, esta vez sola, cargada de curiosidad, llevada por las ganas de encontrarme y ver si las fotos de la memoria alcanzaban un mejor grado de ajuste.
El viaje fue corto, incomodo, porque el único micro que entra por día, pasa por miles (así parecían) de pueblitos intermedios.
La única avenida que va de la ruta al arroyo. El club de golf, la Sociedad Rural, el Club Social, el Club del Pueblo (la gente sabe a qué club pertenece aun antes de nacer), la plaza custodiada por la iglesia, la escuela, la municipalidad y la comisaría. Como broche, la terminal de micros. Bajé con poco equipaje, tenía más para llevarme que para dejar en es lugar. Me recibieron algunos primos que ya el tiempo me había sacado algunos detalles de sus caras.
La casa ya no era más de mi familia, hacía años que mi padre y sus hermanos la habían vendido.
La curiosidad es bendición… y a veces castigo. Cuando la curiosidad no deja vivir es castigo. Fui con ganas de encontrar mi libro de familia, y esa cuadra, esa casa, esa mesada y esa ventana tenían algo que yo necesitaba asegurarme que siguiera vivo.
Aunque ya no estén los actores las tablas siguen estando.
Salí del atosigamiento de familia re-conocida. La vuelta del perro los domingos es un clásico del interior. La vuelta del perro por la puerta de la casa donde se crió mi padre era un clásico con resultado cantado para mí. Y ahí fui.
La puerta estaba abierta. Las casas de pueblo suelen estar siempre abiertas.
Una señora, una adolescente, un chico de algunos más años que yo.
Salude con la mano, me saludaron, con la mano.
Sonreí, me sonrió la señora y con efecto contagioso, el muchacho.
Crucé la calle, me dieron la mano. Me preguntaron quién era, me quedó la sensación de que en los pueblos uno deja de ser María, Miriam, Lidia, o Ana para pasar a ser, la sobrina de…, la nieta de…, la prima de…, para justificar la llegada a la patria chica. Me presenté:
- Soy la nieta de…, la sobrina de…, la hija de…, y siempre me acuerdo de esta casa.- Agregué, tratando de no hacer visible las ganas de meter la nariz que tenía.
No fue necesario la misma mujer que me recibió me preguntó si yo había estado antes ahí en su casa. Respondí que mi foto mental más querida era en SU cocina. Su cocina que ya había sido mía cuando no sabía que tardaría tantos años en volver.
Me dijo que era una casa fuerte, que había sido la mejor del pueblo, ella había nacido ahí cerca, se fue y volvió cuando ya tenía sus hijos y mi familia la estaba vendiendo. Trató de no cambiar nada, o muy poco. Esto me lo contó en los escasos 10 metros que separaban la entrada de la cocina, pasando por un pasillo adornado y tratando de no dejar pasar detalle de los vestidores, la pieza que había visto nacer a la generación anterior a la mía.
Y finalmente el escenario mayor, la cocina. Esta vez la veía inmensa, no porque mi nariz no superara la mesa del comedor, sino porque con los recuerdos y los pasos de años y de personas las casas cobran otra dimensión, la dimensión de hogares.
Y parece mentira que este apunte de espacio, lo esté escribiendo parada en el mismo granito negro que me tuvo hace 20 años, con el pelo más largo, la estatura más breve, las ausencias impredecibles y la misma luz por la ventana. Eso igual, la luz saludando como un gesto que la infancia enviara para ver pasar a las casas, que de vidas y muertes, encuentros y despedidas se van transformando en hogares.

viernes, 13 de junio de 2008

BlOquE NaRraCióN

Nota de Lector
Un día perfecto para el pez banana - J.D.Salinger –

Las huellas de la guerra se narraron en diferentes autores y épocas de diferentes maneras en el caso de Salinger con este relato cuenta cómo Seymour Glass continúa la vida, gasta que el final nos muestra precisamente lo contrario.
Me pareció un relato “misterioso”, donde se pueden esperar variedad de finales, si bien hay cierto indicio de su estado anímico en la introducción con la charla telefónica de Muriel, hasta que nos sorprende un descenlace poco esperado dado el registro que venía haciendo el autor de los hechos en el día de playa con las historias de los peces bananas y Sibyl en la playa.
Nota de Lector
Fotos-Rodolfo Walsh


Rodolfo Walsh en cuentos, una mezcla de pasos de historia argentina, donde hay frases y párrafos que son citas históricas, una mezcla de estilos: cartas, diálogos, semi poemas, rimas, mezcla de perspectivas de diferentes personajes, una historia que me encantó desde tantos puntos de vista.
El uso de tantos tipos textuales que me encantó leerlos, es como leer una historia en tantos formatos como puede permitir el género.

jueves, 22 de mayo de 2008

Mi espacio (...personal)

Trataré de hacer una reflexion atinada sobre lo que para mí es la palabra,mi palabra “a propósito de la materia”, obvio.

Somos , un poco más un poco menos, todos los que cursamos este taller , hijos o contemporáneos de la pérdida de la palabra, del no poder decir.

Será por eso que cada vez que me hablan de limitar mi palabra en la forma que sea, me provoca cierta picazón que empieza en la cabeza y todavía no sé bien en que lugar termina. Cuando me lo dicen en serio, es decir, sin esbozar después ni una sonrisa y reforzando la hipótesis de limitar a determinado espacio , modo , o estilo, en un espacio personal la forma de expresión, me preocupa más todavía.

Yo sé que a las lloviznas no hay que darles de antemano el título de tormentas, mucho peor ,después se consideran ventarrones insoportables cuando no pasaron de soplido débil.

Pero no lo puedo evitar: me jode. No me molesta, ni me incomoda, de hecho no va a cambiar lo que hago. Pero me jode ( por cierto,la palabra joder tiene un énfasis diferente, muy poco académico).

Cada lugar donde dejo alguna de mis palabras, trato de que sean mías, que pueda hacerme cargo de lo que escribo al derecho y al revés.

Me causa gracia la idea de “acotar”(para eso está prensa escrita I): Si es un espacio con sello académico, no mezcles lo personal. Me hace acordar a las maestras de la Nación que no dejan ir al baño a sus alumnos en hora de clase, como si estuvieramos programados monotemáticamente. Es decir, si escribimos para la universidad, no lo hagamos pensando en que se nos mueve hasta el pelo cuando leemos un libro interesante si no está en la lectura obligatoria u optativa de alguna materia. Si estamos en clase, olvidemos toda sensación extra-clase, porque a la escuela…a la escuela se viene a estudiar …y a la universidad también ¡ qué tantas vueltas!!!!.

Yo soy una de las que acuerda en que mil mails con dos palabras a una lista de mensajes es una pérdida de tiempo, porque generalmente no puedo leerlos a todos, ¿o será esa mi parte chismosa? Que se enoja porque quisiera opinar y no me da el tiempo ni para eso? ( prometo que lo voy a pensar).

Pero mis espacios ¡¡no!! No los voy a medir, es más, al costado agrego la dirección mi blog personalísimo,pero si no tienen tiempo, no pasen, ahí escribo solamente cosas extra-académicas y en este seguiré volcando cosas de mi “yo escritora”, pero en todas mis “yo”, sigo siendo yo, por lo tanto, actualizo, actualizo y sigo volcando mis “cosas personales”…


Reflexión sobre género Crónica

¡Y por fin llegó la crónica!
Exagerado, no?
Puede ser

Hasta aprendimos
A imitar haikus
En las crónicas

( aunque cuenten las sílabas, no llegan a ser haiku lo anterior) estaba esperando que llegue esta parte de la materia. Más que al bloque entrevista, aunque me gustó; más que relato, porque sé que me va a costar. Será tal vez porque me siento un poco más libre contando que preguntando, y es una tentación en las entrevistas “puras y duras” meter un poco de vuelta poética, al menos para mí y aunque no se deba.


Los textos me encantaron, volver a ver Ébano, darle la mano a Walsh, Caparrós para leer una situación más contemporánea, así como terminar el libro de Tomas. Cada uno a su estilo me muestra, me deja ver lo que ellos en ese momento vieron. Y eso me gusta mucho, Puedo estar de acuerdo o no, puedo decir quiero ser así o no. Pero la crónica en general, las buenas crónicas, me hacen acordar al buen cine, dónde uno no advierte la incómoda butaca hasta que un músculo indiscreto rezonga para acomodarnos nuevamente y seguir mirando.

Eso mismo, si tuviera que definir mi sensación al leer una buena crónica, es precisamente, la imagen que escribí antes: un género que me permite ver.
Hay paises que no conozco, y probablemente nunca conoceré, hay personas que seguramente nunca cruzaré o nunca entrevistaré, con muchísimas de ellas no comparto ni siquiera mi idioma , que amo, pero que no me alcanzaría para entrevistar a un centroafricano.

Algunas crónicas son como un pasaje a través del tiempo, puedo ir y venir de tal o cuál evento las veces que yo quiera.

Y como todo no es siempre color rosa, me costó lecturas y re-lecturas, escrituras y re-escrituras, armar una pobre crónica de mi autoría. No era tan fácil. No era nada fácil, porque al paso que más o menos había internalizado de la oralidad a la escritura en la entrevista, ahora tenía que agregarle la visualidad ( sirve como categoría?) es decir, a lo que tenía grabado y escrito tenía que sumarle lo que había visto, lo que tenía en cámara, todo el factor que quería contar pero que con el grabador de voz no alcanzaba.

Si es un híbrido como Amar Sanchez dice que lo llamaron algunos investigadores (“El relato de los hechos”, pg.14), que lo sea, no digo con esto que pierden valor otros modos y géneros, pero este tiene un sabor extra.

Y ahí empezó el camino nuevamente. Como en el bloque anterior, que acompañé mis palabras de la voz al papel, ahora tuve que hacer un cóctel de imágenes para volcarlas en la escritura y no lo pude evitar tropecé más de una vez. Y no lo pude evitar, me gustó. Creí que Ulibarri sería mi pequeño manual, pero no, lo leí y decidí ver qué salía, una vez terminado vería las correcciones de acuerdo a la bibliografía , pero no el revés, no quería pensar un molde y ver el material que tenía ajustado a ese modelo. Mejor que la misma escritura me permitiera pensar en que momento podía usar qué recurso de los que había visto.

Si el trabajo está bien hecho, no lo sé, no me alcanza lo que tengo para decirlo, eso mejor que lo juzgue la profesora, yo ya gané, me divertí con las palabras y eso va sin nota.

La Sublimación de la palabra

De la mano de Ese Hombre

De la mano parece ser un símbolo de fuerza, en muchas partes de nuestro día a día vemos manos que demuestran unión, amistad, complicidad y sentimientos parecidos.
Decidí tomar la mano de Este Hombre para recorrer su propia vida, ya no la de los libros, la que leí en Operación Masacre o en algunos artículos que lo nombraban como centro de algún movimiento, sino la que estaba expuesta a mi paso, laberíntica, blanca, grande y verde, verde como el color que le quitó la vida.
Aunque siempre prefiero cuando se trata de personajes que me dan esperanza, hablar de su vida y no de su muerte, porque creo que la obra sobrevive a los autores, como una forma de suponer que la vida sobrevive aún tras la muerte.
A pie de la escalera que baja al ágora desde el primer piso de la Universidad entré al mundo Walsh, “La sublimación de la palabra” se llama la muestra.
A la derecha: sus lentes, como si miraran los pasos de los que le damos la mano.
Izquierda: las primeras gigantografías, su causa.
Derecha nuevamente: Cuba, amigos, letras…
Izquierda otra vez: una mesa de ajedrez del Club de ajedrez de La Plata, como si las fichas esperaran el enroque que salve al personaje más fuerte.
Derecha, izquierda, derecha: fotos, momentos, pasos con imágenes, cartas de amigos, títulos, pensamientos.
Cómo quién busca algo que aún no se ha descubierto paso cuadro a cuadro de uno a otro, sin mediación de ningún tipo de Rodolfo autor, a Rodolfo hombre, y mas que cualquier otro: a Rodolfo Hombre.
Ideas, más ideas.
Hay otras personas que dan vueltas por las imágenes, siempre es una duda qué piensa el otro, como cuando en el cine uno quisiera adivinar que piensa el que se ríe de un chiste a destiempo. Yo quisiera saber que piensa el que no leyó nunca a Walsh, qué piensa el que lo leyó en los diarios, qué piensa el que paso los 40 y fue contemporáneo, qué piensa el que lo leyó por obligación. Un ejemplar de cada una de esas especies está a mi lado en este espacio, y sin embargo no somos más que prójimos, ni siquiera próximos, no sé bien que buscan , pero miran como sin ver lo que dice cada frase escrita en las fotografías.
Sin más, sigo caminando y en última instancia ya no importa saber que piensan, sus caras dejan de causarme curiosidad pasan a causarme “nada”, eso mismo, “nada”, en cambio, adelante mío hay palabras mayores que hablan de la palabra de la muestra: Osvaldo Bayer en una descripción, y Mario Benedetti que en Casa de las Américas escribiera:

“Rodolfo Convirtió la realidad”

Y me atrevo a pensar que es cierto. Estos metros de realidad han sido un pedacito de espíritu de los setenta como dirían algunos, un pedazo argentino dirían otros por la historia reciente de nuestro país. Al igual que las caras de los que me rodean, ya no importa exactamente qué quisieron representar. Me voy con los bolsillos llenos y con una frase que seguirá conmigo:

“El pueblo aprendió que estaba solo
Y que debía pelear por el mismo
Y que de su propia entraña sacaría
Los medios, el silencio, la astucia y la fuerza.”

Dejo a Ese Hombre, pero qué daría por que su mano, su mano siga prendida a mi letra…

miércoles, 21 de mayo de 2008

Eloísa Cartonera




“No hay cuchillos sin rosas”

Novela biográfica

De paisajes incongruentes están formadas las ciudades, y Buenos Aires no es la excepción, la llave de las grandes puertas está disponible sólo para determinado grupo socialmente predispuesto, al menos eso reflejan las crónicas de vida que día tras día, nos muestran las postales argentinas.
Altos y lujosos edificios con carros cartoneros en el cordón de la vereda, las avenidas más caras con miles de personas que recogen cartón y residuos urbanos.
Incongruente y curiosa, también, fue para mí ver en una de las librerías más céntricas y grandes de la ciudad de Buenos Aires, unos libros llenos “de color y amor”, como decían en la primer página. Libros de cartón, no del cartón que se usa para las tapas de los libros convencionales, sino cartón del más común de nuestro imaginario, pintados con stencil y témpera, tratando de cubrir las señales que delataban su origen: enjuague Vivere, vino Toro, o fideos Matarazzo. Este sería el prólogo de una serie de capítulos, una serie de encuentros y una serie de dudas y preguntas.

Anoté la página Web, en ella miré el teléfono y decidí que sería mi próxima materia prima para escribir, para resumir Arte y transformación en un proyecto urbano y rioplatense.
Este ensamble argentino sería aún más surrealista en un barrio que no fuera La Boca, a metros de la Bombonera, ahí pacté con María mi primer encuentro.
María Gómez, un poco más de veinte años, seria, pero accesible, de pocas palabras. Como diría Washington Cucurto (alias de Santiago Vega, poeta, fundador y uno de los responsables de Eloísa cartonera) “…las mujeres son el motor de Eloísa…”, refiriéndose a María y otras mujeres que dieron color a su proyecto.
Forma parte del proyecto hace casi dos años, los actuales integrantes llegaron después y los antiguos integrantes visitan el lugar cada tanto, como si hubieran dejado parte de su obra en ese lugar, que fue suyo hasta hace algún tiempo.
- Yo como vos vine a hacer un trajo para la Facu. (Estudiaba comunicación social) conocí a Fernanda (se refiere a Fernanda Laguna quien se convirtió en la madrina del emprendimiento) y a Ramona (hoy alejada del lugar) y terminé enganchándome tanto que me quedé.
Ahí en Brandsen 647, en la primer visita, también estaban La Osa (Miriam), Alejandro y Juan.
La Osa, de mirada clara, grandota en cuerpo casi tanto, o tal vez un poco menos , que la ternura que desparramaría en cada frase, a pesar de sus 23 años que pasaron más de tres noches cartoneando hasta que devino en parte de la editorial “más colorinche del mundo”.
Alejandro, también de unos veintitantos, llegado hace poco de la V región chilena, con sentido de pertenencia latinoamericana, esa gente que, lejos de objetividades teóricas podemos decirle “linda persona”, cálido, entregado a su lugar de diseñador y pintalibros.
Juan, absorto en su trabajo, de poquísimas palabras y recién llegado de Colombia, hace un poco menos de dos años
Me fueron dando permiso para abrir su propio libro, sus propios capítulos, sus propios modos de novelas…

Novela realista

Argentina, crisis de 2001, caos financiero, caos económico, caos social. La factura de los años 90 llegó en tiempo y forma, venía a nombre de gran parte del país, en especial a nombre de los que intentaban producir algo, que eran bastante pocos, y cada vez menos.
Año 2003: Washington Cucurto y Javier Barilaro (artista plástico, actualmente alejado de Eloísa, pero es de los que vuelven a visitar) producían pequeños libros de cartulina ilustrados por Javier mismo, y escritos por Washington.
La mencionada crisis, devaluación y etcéteras conocidos, hizo que el precio del cartón y el papel en general aumentara un 300%, cosa que dejaba fuera del circuito productivo a más de tres ideas creativas.
La misma crisis hizo que en Buenos Aires se empezaran a ver, cada vez con mayor frecuencia y menos espanto de las señoras paquetas de las grandes avenidas, familias completas, jóvenes, no tan jóvenes y algunos niños o mujeres dedicados a juntar cartón. Nada lindo, nada fácil, nada optativo, viajar horas, y no en primera clase, desde el conurbano, hasta el centro de la ciudad para caminar, hasta quién sabe dónde y hasta quién sabe cuándo para llenar un carro de cartón, plástico o papeles e ir a venderlo luego a algún mayorista, actualmente a menos de cincuenta centavos el kilo.
Fue entonces cuando se juntaron dos hilos para empezar a tejer: una parte con ideas que necesitaban cartón para seguir su obra y otra parte que vendía (vende) su cartón a precio ínfimo.
Ese fue el primer paso de Eloísa Cartonera.
Actualmente la cooperativa en que se transformó Eloisa Cartonera compra el cartón limpio y de buena calidad a un peso con cincuenta centavos el kilo, y esa es la materia prima para las tapas de “amor y color”. Se complementa con stencil, témperas y mano de obra, claro.

El local dónde funciona la editorial artesanal es una ex verdulería que se llama “No hay cuchillos sin rosas” en pleno corazón de arrabal porteño.
Ya se han producido más de 100 obras, han dado varias vueltas al continente algunos de sus actuales o sus ex miembros y han hecho eco para que otras organizaciones se larguen a reutilizar cartón y color. Se larguen a producir obras,



María dice:
“…no es que nosotros hagamos tapas de libros con cartón porque los pobres sean lindos. Está bueno porque lo hacemos nosotros con los recursos que hay, porque son baratos y accesibles, por un montón de cuestiones que también tienen que ver con la realidad sociopolítica latinoamericana…”.

Novela social

Al principio eran libros mediante una fotocopiadora, proceso caro, pero que daba resultado, al menos a la escala que se trabajaba en 2004, y el tipo de libros cortos, generalmente de poesía que se editaban en ese momento.
Tiempo después la Embajada de Suiza donó una imprenta usada y a partir de ahí las ediciones crecieron en número y calidad… Ricardo Zelarayán, Dani Umpi, Fabián Casas, Daniel Link, Rodolfo Walsh, Alan Pauls, Mario Bellatin, César Aira, Gabriela Bejerman, además de creaciones primerizas al público de nuevos autores, o las ya clásicas de Washington Cucurto. También la novedad de obras editadas en inglés o alemán. Podemos decir que hay Eloisa para todos los gustos, novelas, poesías, relatos, cuentos, novela erótica, y hasta podemos hablar del Nuevo Sudaca Border…
Nos cuentan:
“Es un concurso que inventamos hace un par de años, llegaron más de 200 títulos y publicamos seis. El jurado era reimportante: estaban Ricardo Piglia, César Aira, algunos periodistas, nosotros. Además eso concordó con el Premio Clarín de Novela, comenzaba el mismo día y cerraba el mismo día.”
Haciendo un racconto, podríamos citar a las abuelas diciendo, “de las crisis de aprende”, y bueno…si no se aprende , se intenta, y si no se intenta por las buenas, se intentará mediante la viveza criolla… o la creatividad, como en este caso.
A María entre idas y vueltas que da mientras limpia el piso del local un sábado a la tarde, le pregunto, cómo se arreglan para la distribución de lo que hacen y la respuesta no es muy rebuscada, sabiendo que la lógica del pulmón abunda en este tipo de proyectos alternativos. La distribución no podía ser de otra manera: “A pulmón”, y lo que se gana se reparte… simple y preciso.
Pero sigamos…

Novela con final abierto…

La idea de los libritos de colores, sigue, se extiende, no como proyecto social nos aclarará la taxativa frase de Cucurto que desde un principio anuncia que es te puede ser un proyecto alternativo pero no social. Y lo reafirmarían cada uno de sus miembros.
Esta vez la idea es abrir las puertas de Eloisa a la comunidad, a quién quiera editar sus libros o crear sus propios diseños, pero eso será más adelante, por ahora hay algo más urgente y concreto: terminar su nuevo local en un terreno donado en Florencio Varela, donde podrán tener su propio lugar de creación, suena lejos, pero las ganas son más importantes, son lo que movieron las alas desde un principio y dieron sus frutos, hicieron un libro, un libro grande , no tan convencional pero interesante que da la mano a quien quiera sumarse. Una nueva novela mezcla de “Cumbiela” ( género cucurtiano) y Buenos Aires.